Anoche soñé con mi abuela. Estabamos sentadas en el sofá, una a lado de la otra, y ella estaba tapadita con una manta blanca, tan blanca como su pelo, encogida, con la mirada perdida como tuvo hasta el final. Tenía las mejillas sonrosadas, y yo, me acurrucaba en su hombro.
Es la primera vez que sueño con ella desde que murió hace cuatro años. Tuvo Alzheimer y dejó de ser ella poco a poco para convertirse en un bebé anciano.
Uno de los recuerdos más claros que tengo de ella es de antes de estar enferma de Alzheimer, o quizá ya lo estaba pero no nos habíamos dado cuenta, yo tendría como 13 años, estábamos en su casa y ella hacía punto y a la vez, sin perder la cuenta del derecho y el revés leía Crimen y Castigo en una edición de 1956 de Aguilar, a doble columna en papel biblia, con una letra pequeñísima. Llevaba caladas unas gafas que fueron de mi abuelo y que le colgaban del puente de la nariz. Recuerdo pasar al cuarto de estar y verla llorando quedamente mientras leía y tejía. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijó "Este libro es muy triste hija, muy triste, el chico a matado a una vieja, no lo leas hija, lee siempre cosas alegres".
El invierno que murió comenzé Crimen y Castigo, y cuando Raskolnikov asesinó a la vieja usurera, lloré tan amargamente que mis lágrimas estropearon para siempre las ilustres líneas traducidas del ruso al francés, y del francés al castellano por un asturiano.
Hoy la echo mucho de menos.
Hoy no soy capaz de escribir mejor.
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